jueves, 22 de enero de 2009

Quinta entrega viaje Bariloche Rawson

Camino a Trevelin tras haber salido del Parque Nacional Los Alerces


Un volcán? Un puesto de choripan en la cima? No. Cenizas arrastradas por el viento.



Playa en el Lago Futalaufquen


Rio Arrayanes (PN Los Alerces)




1 de enero de 2009:

Me levanté a las 08:15 hs. Dormí muy bien en la bolsa de dormir. Casi casi como que no quería salir (una regresión a etapas intrauterinas???). Me puse a armar todo para emprender el viaje nuevamente.

Una de las cosas más pesadas del viaje es tener que armar todo ante cada partida. No se trata de armar un bolso que vas a meter en el baúl de un auto. Son alforjas que van agarradas al portaequipaje de una bicicleta así que tenés que armar todo bien para que entren las cosas en un espacio lógicamente reducido.

La salida del camping hasta la ruta es una cuesta larga y muy empinada que conviene hacerla caminando para evitar caerte en algunas curvas.

El día arrancó con un tiempo hermoso y así fue para el resto de la jornada.
A los dos minutos de salir tuve un suceso que se convertiría en la primera anécdota del 2009. Resulta que salgo y veo en el medio del camino una liebre sentada, quieta. Me mira y como yo venía bajando la cuesta, empezó a correr en el mismo sentido que el mío. Fueron más de trescientos metros en los que la liebre corría delante de mi bici por medio del camino a unos 30 km/h. Era loco por que el bicho no se iba del camino. Al pegar una pequeña curva veo que viene en sentido contrario una pareja caminando y llevando de las riendas a dos caballos con carga encima. Además traían un perrito con una correa. Ellos vieron la “carrera” y habrán pensado que yo venía corriendo maliciosamente a la pobre liebre. Cuando los pasé se reían del pequeño espectáculo. La liebre cuando vio al perro que venía con esos caminantes se asustó y se corrió para la banquina escalando la ladera de la montaña. Lamentablemente no le pude sacar una foto ya que venía bajando y a buena velocidad y en medio del ripio. En realidad de los cientos de liebres que vi a ninguna le pude sacar una foto ya que ni bien advierten tu presencia rajan y para cuando vos sacaste la cámara la liebre ya está metida en su cueva. Tampoco podes andar todo el camino con la cámara de fotos lista en la mano por si aparece una liebre.

Saliendo de Lago Verde pasas por uno de los lugares más lindos que vi jamás: el río Arrayanes con sus colores indescriptibles con palabras. Hay que verlo personalmente para darse cuenta de lo que es.

En este tramo no había grandes subidas, además el aire era purísimo y cada tanto venían unos aromas de flores y del bosque que te llenaban de vida los pulmones.
Al poco de andar aparece en tu vista –majestuoso, enorme- el Lago Futalaufquen. Es de un gran tamaño y en cada curva o mirador te depara una sorpresa: playas, arroyos que bajan de la montaña para terminar en él. Hay partes del camino por las que pasas en las que hay peligro de derrumbe. Ves algunas piedras que están al costado del curso y no queres imaginar lo que pasaría si le caen a un ciclista en la cabeza.
A las dos horas de salir del camping la calma empezó a menguar, más precisamente pasando el Camping de Bahía Rosales. Como era feriado, mucha gente de Esquel se va al parque nacional a pasar el día y el tráfico aumentó notablemente. Me pasaron un dato: como de noche en los accesos al parque no cobran entrada, el grueso de la gente que estaba en el parque entró en las horas posteriores al brindis de las doce, en medio de la madrugada para zafar de la entrada. En algunas partes del parque el ambiente no era el mejor, se habían armado picados, mucha gente haciendo fuego (incluso vi una familia cocinando en una olla sobre un fuego armado en un hueco de un árbol). El panorama era más parecido al de los bosques de Ezeiza un día domingo que al de un parque nacional. Los guarda parques iban y venían pero me dio la sensación de que la situación estaba desmadrada. Mucho auto tuneado, birras, gritos desaforados.
El intenso tráfico dejó un polvo en suspensión que molestaba la visión y tornaba un poco peligrosa la circulación.
Llegando al acceso a Villa Futalaufquen el camino se encuentra asfaltado. La caravana de autos que entraban al parque era impresionante.
Antes de la Portada Centro del Parque paré a comprar en una despensa un agua fría para tomar. Vi mi estado y era lamentable. Estaba lleno de polvo, parecía que me hubiese agarrado una tormenta de arena. Era la ceniza volcánica una de las grandes responsables. Alrededor del simpático edificio de la despensa se veía la ceniza en el suelo. Parecía como si hubiesen tirado miles de bolsas de cal. A la salida del parque vi como en lo alto de las montañas que circundan el camino se levantan enormes columnas que parecen de humo pero son cenizas. Me contaron en la despensa que la ceniza del Chaltén afectó seriamente a los productores de la zona, ya que, además de arruinar tierras, perturbó la salud de los animales.
Saliendo del parque –por asfalto- te encontras con una bajada buenísima (50 km/h). Pero el asfalto a los pocos kilómetros se termina, más precisamente en donde se abre el camino con dos destinos posibles: Esquel o Trevelin. Yo tenía pensado de antemano ir a Trevelin así que agarré por ahí (ripio). Pero el camino a Esquel estaba vedado al tránsito –lo están arreglando- y por lo tanto todos los autos y camiones tienen que ir hasta Trevelin y de ahí retomar por otra ruta (la 259). Pese a que el camino a Esquel estaba cerrado vi venir por él a un flaco en bici. Era de Esquel y se iba a hacer una excursión al Parque. Me dijo que el camino en reparación se lo puede transitar con la bici. Charlamos un rato y seguí mi camino a hacia Trevelin.
Por suerte el tramo hasta Trevelin estaba siendo regado por camiones dispuestos al efecto. Ya no había polvo pero si BARRO!!! El camino espectacular, muy lindo, sin tantas montañas, con suaves subidas y muchas bajadas. En el trayecto vi como una grúa retiraba los restos de lo que fue un auto que habrá dado sus buenas vueltas antes de terminar destrozado al costado del camino. Problemas de la velocidad que desarrollan conductores inexpertos en caminos de ripio. Agradecí no haber estado al lado de ese auto cuando empezó su despiste, bah, si era necesario para ayudar a sus ocupantes no hubiese tenido problemas en estar ahí.

Finalmente la RP 71 te deposita en un pintoresco puente –largo pero angosto (pasa solo un auto)- que cruza el río Percy y entras en el “Pueblo del Molino” es decir, Trevelin. Efectivamente Trevelin quiere decir pueblo del molino en galés (Tre: pueblo, Velin: molino). Ciudad que tiene muchísima historia y lugares preciosos y que fue fundada a fines del siglo XIX por colonos gales provenientes del Valle inferior del Río Chubut.
Tomé la Avenida Patagonia y llegué a la plaza principal donde se encuentra la oficina de turismo. Ya en el acceso al pueblo vi varias construcciones casi centenarias con la típica impronta galesa en la arquitectura.
En la oficina de turismo fui atendido por un tipo genial que me habló un montón acerca del pueblo y su historia, todo con mate de por medio. Un capo. Decidí quedarme un par de días y tomar a Trevelin como centro para luego ir a conocer Esquel y visitar una de las atracciones de mi viaje: El Viejo Expreso Patagónico, conocido por todo el mundo como “La Trochita”.

Me hospedé en la hostería Stefanía, muy lindo lugar, me pegué un baño que seguramente afectó las cloacas de la localidad con un alud de agua, polvo, ceniza y barro. En el hotel estaban parando dos ingleses que venían recorriendo la Patagonia en bici. Lamentablemente como era primero de enero muchos negocios estaban cerrados. Salvo una heladería donde tomé un helado muy bueno.
Trevelin rebosa de historia. Yo tenía particular interés en llegar a este punto y avanzar hacia el Valle inferior del Río Chubut, siguiendo de algún modo lo que fue la ruta de los galeses. De ahí en adelante todo el viaje, además de los paisajes, estaría empapado por miles de historias escritas por hombres y mujeres que han ido forjando esta parte de la Patagonia Argentina.

Caminando por las calles de Trevelin un matrimonio me dijo que me había visto pedaleando por el Bolsón, justo el día en que yo había pasado por esa localidad.
Trevelin es, sin dudas, un lugar para quedarse. Tiene paz pero al mismo tiempo tiene muchas cosas para hacer y conocer: Museo Histórico Regional, Museo Cartref Taid, Capillas galesas, y casas de té. Ello sin contar los atractivos que se encuentran fuera del ejido urbano (Complejo hidroeléctrico Futaleufú, Cascadas Nant y Fall, Escuela Histórica N°18, Piedra Holdich, lago Rosario, entre otras). A partir del dos de enero había un ciclo de cine con un montón de títulos para ir a ver.
Por la noche fui a comer una pizza a un lugar que inauguraba. La pizza muy rica pero la atención fue mala (en realidad las chicas eran nuevas, quizás para febrero o marzo ya habrán aprendido como se sirve una gaseosa y una chica de muzza).
Dormí como un oso.
02 de enero de 2009:

El desayuno que sirvieron en el hotel fue realmente muy bueno. Ni bien terminé salí con la bicicleta, pero sin las alforjas (¡¡¡la sentía como una rutera de carbono!!!), a recorrer el pueblo. Visité el museo regional Trevelin del Molino Andes. El museo fue creado en 1971, posee una importante colección de documentos y objetos representativos de los usos y costumbres de los galeses e indígenas de la región. El mismo funciona en el edificio donde funcionaba el Molino Andes, creado en 1922 y es el que le dio el nombre al pueblo (Pueblo del Molino). Aproveché para comprar algunos libros que venden en el museo.

Al mediodía tras haber picado algo me fui hasta la histórica Escuela N°18 distante a 8 kilómetros del pueblo. Los edificios están muy bien conservados pero ya no funciona como establecimiento educativo. Allí funcionó la primera escuela de la región (1895) y es donde, el 30 de abril de 1902, mediante la celebración de un plebiscito, los habitantes del Valle 16 de octubre decidieron vivir bajo la bandera argentina, sumando a nuestro país esa enorme zona que estaba en disputa con Chile. Ese suceso se conoce como el plebiscito de 1902 y fue decisivo en el proceso que concluyó con la firma de los Pactos de Mayo y el Laudo Arbitral del rey Eduardo VII de Inglaterra en noviembre de ese mismo año.

La escuela está sobre la ruta provincial 34, la que haría un par de jornadas después para llegar a Tecka. Esa ruta se conoce como la “Huella de los Rifleros”.
Los edificios escolares no son los mismos de 1902 pero son una réplica y están muy pero muy bien cuidados. Tiene mucha documentación y fotografías súper interesantes. En los jardines circundantes hay un hito limítrofe y varios trabajos artísticos en cerámica.
La vuelta de la Escuela fue dura ya que soplaba un viento en contra bastante fuerte. Mientras avanzaba vi a un señor que les acercaba unos tachos de agua a tres terribles bestias que pensé eran toros. Los bichos tenían una altura de más de dos metros y unos cuernos impresionantes. Me paré a sacarles fotos y entablé una agradable charla con el dueño de los animalitos. El hombre era un chacarero de apellido Jones y me informó que los animales en realidad eran bueyes y que eran muy mansos. De hecho estaban comiendo los frutos de un manzano silvestre y la verdad es que de verlos comer y tomar agua de sus tachos, les tomas cariño. El los usa para arrastrar alambres por el campo para sacar plantas de rosa mosqueta, para trasladar fardos de alfalfa con un carro en invierno. Parece que son muy inteligentes ya que suelen abrir tranqueras y mantienen un diálogo sin palabras con su amo.
Tras volver al pueblo me dirigí al museo Cartref Taid u “Hogar del Abuelo” en donde te atiende Cleary Evans, nieta de John Daniel Evans, dueño del Malacara, caballo memorable que le salvó la vida en la masacre en que perdieran la vida a manos de los indios sus dos compañeros -cerca de Las Plumas.
La atención es personalizada y la charla que te da Cleary Evans es muy interesante. Ella me había reconocido por haberme visto en la pizzería la noche anterior. En los hermosos jardines del museo está la tumba del Malacara –una gran roca de granito oscuro- la que reza: “Aquí yacen los restos de mi caballo El Malacara que me salvó la vida en el ataque de los indios en el Valle de los Mártires el 4.3.84 al regresarme de la cordillera. RIP. John Daniel Evans”.

Cansado por la vuelta compré unos biscochos en una panadería y me fui a dormir una siesta. A la noche como encontré todo cerrado volví a la pizzería pero esta vez me fui a la barra y sin intermediarios con la cocina me comí una pizza piola.

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