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domingo, 31 de mayo de 2009

SAN ANDRES DE GILES - ESPORA

Foto grupal


"I don't want to be buried in a Pet Sematary ..." (The Ramones)


Al fondo el cementerio abandonado de San Andrés de Giles.




Barro a full (Foto Luciano)




Brindis en Giles (Foto Luciano)


Estación Espora y la zorrita de los Amigos de la Trocha Angosta


Sobre la trocha métrica -cerca de Espora-, al fondo uno de los "túneles" verdes propio de nuestras vías.





Recorrido en el Google Earth



Una recorrida por la zona de San Andrés de Giles pasando por la estación ferroviaria de Espora (Compañía General) y el cementerio abandonado de la primera localidad.



Muchísimo barro al final de la jornada y un combo “frio y lluvia” que nos acompañó en toda la jornada, salvo al momento del almuerzo y los brindis en una generosa parrilla de San Andrés de Giles, cuna del Presidente Héctor José Cámpora.





Compartimos la salida Fernanda, Jackie, Matías, Luciano, Marcelo y yo.




Jorge

domingo, 24 de mayo de 2009

ALBERTI - MECHITA - BRAGADO - PALENTELEN - PLA

Vieja balanza en panadería de Pla

Caballo cerca de Pla


Viejo cartel anuncia entrada a Palentelen


Estación Bragado


Mural en la estación Bragado


Estación Mechita con el tren que hace el servicio local a Bragado


El Salado




Mapa (Google Earth)


Aprovechando un viaje a Alberti (BA) por motivos académicos, me propuse visitar algunos pueblos de la zona atravesando los ya conocidos caminos de arena, típicos de la cuenca del Río Salado. El trayecto programado era cubrir aproximadamente 70 km pasando por Mechita, Bragado, Palentelen y Pla.


El plan incluía, también, probar mi nueva bicicleta por las duras condiciones que propone la tierra arenosa ya que solo la había hecho girar por el amable asfalto de la zona norte de la Ciudad de Buenos Aires con los Olleros bikers.


Salí de la ciudad de Alberti pasadas las 14 hs a un ritmo de 25/27 km/h en sentido hacia la ciudad de Bragado. La idea era no aflojar el tranco ya que en esta época del año oscurece temprano y no es cuestión de quedarte de noche en el medio del campo sin GPS (lo perdí en una salida por Open Door). El trayecto programado era cubrir aproximadamente 70 km pasando por Mechita, Bragado, Palentelen y Pla.


Al rato pasé por la localidad de Mechita, hermoso pueblo siempre apegado al tren y todo lo que éste representa. En la estación de Mechita pude ver una pequeña formación ferroviaria: coche pasajeros clase turista y una locomotora Brissonneau & Lotz que presta el servicio local Mechita – Bragado (próximamente se extenderá a Alberti).


Pasando Mechita, en paralelo a la vía del ferrocarril, bordeando la laguna de Bragado, entré a la ciudad homónima y aproveché para recorrer su hermoso trazado de calles anchas. Super recomendable visitar el parque y la plaza principal con sus históricos edificios engalanados con banderas argentinas con motivo de las fiestas mayas.


Después de tomar algo salí para el lado de la ruta 46 y al poco de cruzar la RN 5 agarré un desvío de tierra con destino al pueblo de Palentelen.


El trayecto a Pelentelen lo hice a full ya que la arena estaba asentada y permitía alcanzar los 30 km/h sin mayores esfuerzos. El paisaje muy lindo matizado con los atractivos colores del otoño.
Palentelen es un caserío que creció a la vera de la estación de tren del FFCC Compañía General. No vi a nadie y parece estar medio abandonado todo. La estación esta descuidada y ocupada parcialmente. Hoy por hoy funciona como un improvisado palomar ya que los techos están invadidos por palomas.


Bordeando el trazado del viejo FFCC y con creciente arena en el camino llegué al pueblo de Pla, pueblo que está muy activo gracias a la actividad de los silos que se levantaron al lado de la vieja estación del FFCC Compañía General. Entré a una vieja panadería que se encuentra frente a la estación, la cual conserva el viejo mobiliario de principios del siglo XX y tiene una balanza impresionante que aún se la utiliza.


Salí raudamente de Pla, ya que se estaba haciendo de noche, con destino a Alberti. Por obra de los camiones que trasladan cereal, la traza estaba muy movida y la arena exigió peaje a las piernas que venían tirando más de sesenta kilómetros sin parar. Duro el tramo final.

Pasé el puente sobre el Salado, el cruce de la RN 5 y entré a Alberti finalizando la salida.



viernes, 23 de enero de 2009

Última entrega viaja Rawson - Bariloche.

10 de enero de 2009:

En el día de la última etapa del viaje en bici me hubiese gustado levantarme solo, cuando mi cabeza lo quisiese, pero no tuve esa suerte. Desde las 06:30 unos turistas pesadísimos estuvieron cargando una camioneta con bolsos, valijas, cosas, miles de cosas, metiendo y sacando y en cada oportunidad era un activar y desactivar la alarma antirrobo de la 4x4 pese a que estaban en la playa de estacionamiento del hotel. La camioneta estaba a tan solo un metro de la ventana de mi habitación. A las 07:15 ya estaba arriba.

Durante el desayuno –muy bueno por cierto- hablé con el dueño del hotel y me indicó una alternativa muy interesante para llegar a la ciudad de Rawson sin tomar la RN 25, se la conoce como el “camino de las chacras”, va por el valle y ha sido recientemente asfaltado.

Me despedí de los norteamericanos y de la gente del hotel y salí para el lado de la plaza en busca del camino de las chacras.

Cruzando el puente que cruza el Río Chubut hacia la margen sur agarrás la ruta que esta asfaltada y esta impecable. Los paisajes son bellísimos.

Todo el camino está aromatizado por la infinidad de plantaciones que se han desarrollado en esa parte del valle inferior. El tiempo estaba bueno pero hacia el norte se divisaban unas nubes negras con lluvia, hacia el sur reinaba el sol que pintaba de dorado las bardas. Un espectáculo. En las chacras se ve mucha actividad. Algunos establecimientos están abiertos para los turistas.

El camino no tiene mucho tránsito y en él entrenan varios ruteros. En la ruta me encontré con Oritia quien estaba entrenando y me acompañó hasta el cruce del camino con la RN 25 cerca de la Ciudad de Rawson. Gran parte del trayecto que tiene varias curvas lo hicimos a un promedio de 30/35 km/h –liviano para ella- y agotador para mí. Todo genial pero llegando al histórico puente Hendre -que conecta la zona de chacras con la ciudad de Trelew- hubo una confusión. Yo giré como para encarar el puente y sacarme una foto y mi compañera que venía atrás me llevó puesto lo que provocó una espectacular caída. Yo como venía cargadísimo con las alforjas ni me moví. Pararon automovilistas para ver si estaba todo bien. Como buena deportista se paró, afirmó estar bien y pese a todo tuvo el buen gesto de sacarme una foto en el puente.

Seguimos hasta la RN 25. Ella retomó para Trelew y yo agarré para el lado de Rawson. A unos 500 metros pasé por debajo de la RN 3 y tomé el acceso a Rawson (que corre por la margen sur del río Chubut). Los autos pasaban a mil por hora y pensaba en la suerte que tuve al no agarrar la 25 desde Gaiman. Un mega camión que llevaba en su acoplado una enorme máquina vial me tocaba reiteradamente bocina, de esas de corneta a aire comprimido, con intención de que me corra del camino saliéndome de él (eso que iba por la línea blanca y la ruta en ese tramo no tiene banquina asfaltada). Increíble. Finalmente me pasó finito pero siguió su viaje. No sé si era por el viento o qué pero el tramo lo hice tranquilo a 30/35 km/h.

Al rato llegué a Rawson sin entrar a Trelew gracias al camino de las chacras. En la entrada hay una fuente con figuras de animales marinos (elefante marino, lobo marino y no sé que otros) lo que indicaba la cercanía del mar. A la Ciudad de Rawson desde la RN 25 se puede acceder por dos puentes, uno “viejo” muy lindo de metal y otro más moderno cercano al puerto.

Yo quería finalizar formalmente el viaje en bici en el mar y por eso quise dirigirme a Playa Unión, una ciudad balnearia muy visitada por la gente de la zona y turistas que se encuentra al norte del río Chubut (por lo tanto uno debe cruzar el río si es que viene por la RN25). Seguí estrictamente los carteles que están sobre la ruta y tras pasar el puente moderno vi que iba en sentido al mar pero el GPS no indicaba puente alguno que me dejase del otro lado del río.

Nunca llegué a Playa Unión pero desde el camino que tomé pude ver cómo el río que conocí allá bien arriba, en Paso de Indios, ahora se fundía con el océano. Llegué a un lugar muy lindo llamado Playa Magagna. Estaba la marea baja y tuve que caminar por la playa más de 200 metros para la foto.

Estaba muy contento porque finalmente había llegado al mar, al destino propuesto como final del viaje. El mar tenía un color espectacular, muy atractivo, un tono de turquesa que me atrapó por varios minutos en los que aproveché a descansar.

Saliendo de la playa se me acercó un patrullero para preguntarme acerca del viaje, muy copado el agente de la ley. Le comenté lo de los carteles en la ruta y me dijo que no era el primero que se perdía buscando Playa Unión. A mí no me calentó ya que, en realidad, lo que yo quería era llegar al mar, al lugar en donde vuelca sus aguas ese río compañero de tantos kilómetros.

Retomé para Rawson –capital de la Provincia de Chubut- distante a unos 7 km de la playa. En la entrada divisé la terminal de ómnibus, fui a sacar el pasaje para Buenos Aires para el día siguiente y retiré la encomienda que había despachado en Esquel.

Me alojé en un hotel del centro de Rawson (uno de los dos que tiene la ciudad ya que el grueso del movimiento se lo lleva Trelew) en el que se alojan muchos familiares de presos alojados en el famoso penal de Rawson, cárcel de la que se fugaron en agosto de 1972 un grupo de presos políticos, suceso que derivó en la lamentable masacre de la base aeronaval Almirante Zar de Trelew, en la que fueron asesinadas 16 personas.

Dejé la bici en el hotel y me fui en colectivo a Trelew –en galés “Pueblo de Luis”, en donde “tre” = pueblo y “Lew” = Luis- distante a unos 17 km. En esa ciudad, mucho más grande que Rawson, visité el Museo Histórico Regional que funciona, al igual que el de Gaiman, en la vieja estación ferroviaria. Tiene material muy interesante y conservan el edificio de la estación como nuevo. Pese a que era sábado no encontré librerías abiertas, salvo una frente a la plaza pero tenía los libros un 30% más caros que en el museo de Gaiman. Me aconsejaron ir a Puerto Madryn para conseguir los libros que buscaba.

Trelew es una ciudad con edificios hermosos y muy bien conservados destacándose el Touring Club, el Teatro Español, el Teatro Verdi, el Banco de la Nación Argentina y la cuidada plaza central.

No se puede dejar de visitar el Museo Paleontológico Egidio Feruglio. Además del imponente edificio en el que asienta la colección de fósiles (se puede tocar un hueso de dinosaurio) y exhiben restos del gigante Argentinosaurus, se disfruta de la interesante propuesta que ofrece la institución: viajar por el tiempo desde los primeros asentamientos humanos en la Patagonia hasta el propio origen del universo con el big bang. A mí que venía con la cabeza bastante descontaminada, las preguntas referentes al origen de todo lo que conocemos, qué es lo que hay más allá de los límites del universo, me dejaron con una sensación media angustiante.

Volví a Rawson y tras sacar fotos en la casa de Gobierno y en la residencia del gobernador, sobre una hermosa peatonal que termina en la plaza principal, me fui a tirar un rato.

Cuando tuve hambre –a eso de las 22:30- salí a cenar. Todos estaban cerrando!!! Me tuve que arreglar con un cuarto de pollo adquirido en un parripollo. Al menos no tuve que recurrir a las pocas reservas de chacinados y frutas secas que, en realidad, ya me tenían un poco podrido.

11 de enero de 2009:

Me levanté y dejé todo armado para dejar la habitación y subirme por la tarde al micro que me dejaría de nuevo en Buenos Aires. En Rawson llovía al comenzar el día.

Como no pude conseguir en Trelew los libros que buscaba me fui hasta Puerto Madryn en colectivo. A las 11:00 AM todas las librerías de Madryn estaban cerradas, claro que era domingo. Me fui a recorrer la ciudad.

Madryn es muy linda ciudad, con un entorno natural espectacular, pero es un pichón de Villa Gesell o San Bernardo con ballenas. En plena temporada arde con todo el show del que me quise alejar con mi viaje: chicos con caprichos insaciables, galerías comerciales, suvenires a full, gritos, ofertas que no son tales, spas, parador Toyota, extraña 4x4 estacionada en la costanera con las cuatro ruedas en llanta y con escupitajos en todos los vidrios, gente corriendo a ningún lado, etc. Debe haber otros meses del año en que la ciudad sea más amigable para los hombres que vienen en son de paz.

Se destaca el muelle Piedrabuena, toda la costanera y las extensas playas. No acompañó el tiempo. Estaba fresco y nublado con viento patagónico.

Me habían avisado que en el shopping de Madryn, a las 13:30, abrían la librería. Me fui a tomar un café para hacer tiempo ya que estaba demasiado fresco para estar afuera y me había olvidado el polar en Rawson. Ya arranqué con un nuevo libro, adquirido en el museo de Gaiman: Diarios del explorador Llwyd ap Iwan.

Tamaña sorpresa me lleve cuando abrieron la librería y descubrí que los libros estaban casi al doble de precio tomando como referencia los del Museo Regional de Gaiman. Me pareció un verdadero abuso. Sería bueno explicarle a los comerciantes de esa ciudad que no todos los que traspasamos la puerta de entrada hemos llegado en cruceros con los bolsillos llenos de euros.

Tal fue mi calentura que rajé corriendo para la terminal y encarar para Gaiman. Antes de salir hice varias llamadas: a la oficina de turismo de Gaiman y al museo regional. Averigüé si tenían los libros que buscaba y salí con todo para Gaiman.

Los choferes de los micros –Madryn/Trelew y Trelew/Gaiman- muy copados. Antes de una hora y cuarto estaba en el Museo Regional, compré los libros y aproveché para dar una vuelta por el pueblo.

De vuelta en Rawson me fui al hotel a buscar mis cosas y de ahí a la terminal que queda a unas seis cuadras. Desarmé la bici, la embalé y esperé la llegada de mi micro con la grata compañía de Liliana, encargada de la oficina de turismo de Rawson, quien me convidó con mates y tortas fritas.

Llegó con atraso el colectivo que ya venía girando desde Comodoro Rivadavia y saqué mis pies de la hermosa provincia de Chubut para volver a apoyarlos, casi un día después, en mi ciudad de Buenos Aires.

Décima entrega viaje Bariloche Rawson - Tramo Villa Dique a Gaiman

09 de enero de 2009:

El plan era salir temprano para evitar que me agarre el calor en medio de la ruta y, menos aún en la empinada subida que te saca de la Villa.

A las 07:00 hs ya estaba saludando al dueño de la hostería y salí con todo para la subida. No había nadie en la calle y parecía que todo el pueblo dormía (bien que hacían!!!).

El día estaba espectacular, ni una sola nube, pintaba fantástico pero todo se fue al bombo más tarde.

Con los cambios apropiados salí al acceso a la ruta, y paré a ver si quedaba algún resto de la estación en la que bajaban el cemento de los trenes, pero solo se ven algunos cimientos y –lo que resulta muy peligroso- unas aberturas en el piso en la que puede caer alguien que camine descuidado por la zona.

En el acceso todo bien, 25 km/h sin calor. Ya en la ruta hacia Rawson y con el convencimiento de que va en bajada hacia el océano Atlántico y que el viento hacia el este no falla, agarré tranquilo mi camino.

Saliendo de Las Chapas tenes una subida importante pero nada grave. Luego viene una gran bajada (61 km/h marqué en esa pendiente) que te emociona y te hace pensar que es así –como un gran tobogán- hasta la orilla de la Playa Unión. Error.

Tras la bajada el nivel se aplana, viene una gran planicie tipo pampa, con pequeñas ondulaciones. Debe de haber una “bajada” pero para el ciclista no se nota. No podía superar los 20 km/h por más pata que le pegase, yo no sabía si el problema era que no tenía piernas suficientes o el fuerte calor que apareció desde temprano (no hay una sola sombra en esa parte). Al rato veo que el motivo del frenazo era un fortísimo viento cruzado –casi en contra- que tiró por la borda todos los pronósticos. Se puede afirmar, entonces, que en la RN 25 no siempre los vientos van hacia el mar. En tramos en los que sin viento me hubiese desplazado a 30 km/h, no podía superar los 15 y en algunas partes me tenía que contentar con avanzar a solo 11 kilómetros horarios.

Para colmo la 25 –que se angosta notablemente después de Las Chapas- va por arriba de la meseta y a tu derecha ves que a pocos kilómetros y allá abajo esta el verde valle. Uno se pregunta por qué no se puede ir por allí abajo y disfrutar de un poco más de verde en un día tan caluroso. Eso te juega en contra en lo que a “cabeza” se refiere. Cuando llegué a destino descubrí que hay interesantes caminos de ripio que conectan la Villa del Dique con las localidades del valle inferior. De haberlo sabido antes …

El calor me estaba matando así que me tomé casi toda el agua, me comí un tomate, frutas secas pero no había caso. A ese ritmo no iba a poder concluir los casi 140 km previstos en el día para llegar a Rawson. Me la pasaba parando para reponerme un poco del cansancio.

Tras pasar el acceso a la localidad de 28 de Julio llegué a la entrada de Dolavon. Allí hay una estación de servicio que me salvó. Pude comprar algo frío. Mientras descansaba unos muchachos que están trabajando con un camión repartidor de hielo –a quienes me los había cruzado a la mañana en el acceso al Dique- me animaron a que siga hasta Rawson minimizando lo que quedaba por recorrer. Pese a la buena onda suspendí la idea de llegar a Rawson por la tarde y la verdad es que no me equivoqué ya que un rato después pude parar en Gaiman para quedarme hasta el día siguiente y así pude conocer uno de los lugares más interesantes del viaje.

Llegué a Gaiman después del mediodía en un estado lamentable. Fueron 112 km. En el último tramo el viento era insoportable. Lo primero que hice fue tomarme un litro y medio de Sprite (no soy experto en gaseosas pero la Sprite del Sur, la que envasan en Trelew, tiene menos gas que la que a veces consumo en Buenos Aires y es infinitamente más bebible, sin ese dolor en la garganta que produce el exceso de burbujas).

En la oficina de turismo fui muy bien atendido refiriéndome no solo qué lugares podía conocer sino también donde alojarme.

Lo primero que fui a visitar, antes de decidir si finalmente me iba a quedar en Gaiman, fue el viejo túnel del FFCC, el que hoy puede ser transitado a pie o en bicicleta con ayuda de una linterna.

Imperdible es el Museo Regional de Gaiman, que funciona en el viejo edificio de la estación de trenes. El edificio se conserva impecable y el material que guardan en el museo es impresionante. Poseen valioso material documental y los chicos que trabajan allí son de primera. Tan pero tan bien me atendieron que ante mi estado penoso me convidaron unos mates que me pusieron para arriba en apenas unos minutos. Compré algunos libros sobre la historia de la región (no compré otros que eran más grandes ya que por su peso quería comprarlos en la última parada atento no poder cargarlos en las alforjas).

Cuando salí del museo decidí finalmente dormir en Gaiman por dos motivos: 1) Estaba reventado y 2) El pueblo tiene mucho para conocer.

En la salida del museo me encontré con dos cicloturistas de Seattle – USA, quienes terminaron parando en el mismo hotel al que fui a pasar la noche. El hotel se llama Unelem y es atendido por la familia de los dueños. Es un edificio muy viejo y se encuentra muy bien ubicado cerca de la plaza principal de Gaiman.

Salí a caminar por el pueblo y hablando con gente del lugar me pusieron al tanto de que el viento que me había tocado padecer es del Noreste y siempre trae lluvia.

Visité todos los puntos de interés de la colonia Galesa (Colegio Camwy, la primera casa, Capillas, el edificio de la Compañía Unida de Irrigación –bajo cuya estructura pasa el canal de riego-, entre otras). Se destaca la plaza, atravesada por canales de riego y con muchos árboles y plantas muy bien cuidadas. Cada edificio tiene su historia y gracias a un mapa, que me dieron los chicos del museo regional, con una pequeña reseña histórica de cada lugar puede conocer muchas cosas.

Por la noche cené una poderosa milanesa napolitana con ensalada en un lugar muy bueno que se llama “Como en Casa” y me fui a dormir.

Novena entrega viaje Bariloche Rawson - Tramo Los Altares / Las Plumas / Villa Dique Florentino Ameghino

07 de enero de 2009:
Dormí profundamente por más de once horas (quizás el mejor sueño desde que llegué a la Patagonia) y me levanté a eso de las 08:00.
Desayuné en el comedor de la hostería y no dejé una sola miga de un pan casero que me sirvieron que, pese a no estar tostado, estaba muy bueno para untarle manteca y dulce. Sabía que tenía que cargar energías para encarar el plan del día: llegar antes de que se haga de noche a la Villa Dique Florentino Ameghino, distante a unos 190 kilómetros de Los Altares.
A las 09.30 ya estaba en la ruta. No había viento pero el ritmo fue bueno: 25 km/h promedio y en algunos lugares bajadas a 35 km/h. La llamada zona de “Altares”, espectaculares formaciones de piedra sigue a lo largo de la ruta hasta casi la localidad de Las Plumas. Hay formaciones verticales de roca que caen a centímetros de la banquina que te hacen sentir minúsculo al lado de esos gigantes de piedra.
Mientras viajas por la RN 25 ves que a la vera del río hay zonas verdes, con árboles, pero por tramos la ruta se aleja bastante del río (en algunos casos son unos cuantos kilómetros) y la aridez te rodea. Me crucé con muchas liebres, un zorro y un guanaco. Hay cientos de ovejas, algunas de ellas comiendo al lado de la ruta sin alambre de por medio. Un peligro para los automovilistas que confiados pasan a mucha velocidad.
A esa altura del recorrido ya empiezan a aparecer carteles indicativos de distancia que dan cuenta de ciudades de la costa (Rawson -230 kms-, Puerto Madryn –casi 300 kms-, etc.). Advertís que estas más cerca de cumplir con el objetivo.
De la ruta 25 salen rutas provinciales de ripio hacia otras localidades como El Mirasol, El Sombrero, El Escorial, entre otras, lugares que me gustaría conocer en una futura visita.
Llegué a la Localidad de Las Plumas a las 13:30 hs aproximadamente, tras haber cruzado el río Chubut hacia la margen norte. Los más de cien kilómetros que separan Los Altares de Las Plumas los hice de un saque, sin sacar los pies de los pedales. Solo paré a sacar algunas fotos.

El origen del nombre “Las Plumas” tiene dos versiones: 1) el hallazgo de un cargamento de plumas por parte de soldados argentinos en 1882, 2) la presencia de gran cantidad de plumas en la zona, resultado de la realización de rituales por parte de los indios que paraban allí.
Es un pueblo muy lindo, que ha crecido sobre la margen norte del río Chubut, a la sombra de grandes árboles que resisten el embate del incansable viento. Cargué agua para el mate en una estación de servicio y me fui a dar una vuelta. Hay una capilla llamada “Nuestra Señora de Luján” y se la sindica como “Cuasi Parroquia”. Es la primera vez que escuchaba esa calificación. Según el Código Canónico una “cuasi parroquia” es una determinada comunidad de fieles cristianos dentro de la Iglesia particular, encomendada, como pastor propio, a un sacerdote, pero que, por circunstancias peculiares, no ha sido aún erigida como parroquia.
Esta el llamado “viejo puente” que cruzaba el río, de una sola mano y de estructura metálica. Un cartel bien visible “implora” no circular sobre el viaducto a no más de 20 km/h. Una Hilux –cuando no- pasó a más de 70 km/h. Es recomendable visitar el camping municipal, el edificio de la comisaría. Al igual que todos los pueblos de Chubut, cuenta con un importante edificio destinado a hospital. También hay varios bares, algunos abandonados que te hacen recordar a las películas del lejano oeste.
Hay un monumento muy lindo al noble caballo Malacara (ya referido) y un merecido homenaje a la Oveja. A unos quince kilómetros del pueblo, camino de ripio mediante, se accede al lugar donde fallecieron los compañeros de Evans y el Malacara pegó el famoso salto con el que le salvó la vida a su jinete.
Los kilómetros recorridos despertaron mi apetito y me fui a buscar un lugar con sombra al lado del río para armar un almuerzo. Destaco el consejo de mi bicicletero Mariano: llevar salames, bondiola y queso. No se ponen feos y son riquísimos con un buen pedazo de pan. No es para comer todos los días pero te sacan de un apuro. Mientras almorzaba se acercaron unos chicos del pueblo a charlar. Tomé unos mates y emprendí la retirada.
En Las Plumas la RN se abre hacia la izquierda cruzando el río y alejándose de él ya que a pocos kilómetros empieza a formarse el embalse Florentino Ameghino.
Salí de Las Plumas a las 15:30 hs con un pequeño malestar provocado por el abuso en la ingesta de salame.
Sabía que a la salida de Las Plumas hay una importante subida hasta el lugar que se conoce como Alto Las Plumas, cabecera del ya extinto Ferrocarril Central del Chubut. Son casi 10 kilómetros de subida que son fácilmente superadas con la ayuda de los cambios.
Llegando a lo más alto de la pendiente vi un camión cargando ovejas en acoplados de dos pisos. Tal como lo refiere en su relato Cristian Savor, en el tope de la elevación hay un árbol, el último que veré hasta llegar a la Villa del Dique.
En Alto Las Plumas el paisaje cambia RADICALMENTE, es pura pampa con pequeñas ondulaciones. No hay árboles, sombra, posibilidad de reponer agua (salvo una casa cerca de la ruta que parece habitada). La soledad total. El paisaje no deja de ser atractivo, tiene cierta belleza que resulta cautivante. No tiene la exuberancia del Parque Nacional Los Alerces pero está copada la meseta. Cuando visité el interesantísimo museo paleontológico Egidio Feruglio de Trelew, vi que les dedicaban un espacio a los principales exploradores que han contribuido con sus obras la ciencia paleontológica en la Patagonia. Uno de los consagrados es el Naturalista Charles Robert Darwin a quien los paisajes de la Patagonia le produjeron sensaciones muy complejas, en efecto, refiere en su libro Viaje del HMS Beagle: “Retrotrayéndome a las imágenes del pasado, encuentro que las planicies de la Patagonia cruzan frecuentemente delante de mis ojos, aún cuando esas planicies están signadas por lo miserable e inútil. Ellas solo pueden describirse en términos negativos, vacías, sin agua, sin árboles, sin montañas, apenas unas pocas plantas empequeñecidas. ¿Por qué, entonces, y no sucede solo en mi caso en particular, han tomado estos áridos desiertos un lugar tan firme en mi memoria?”.
El tramo tiene rectas con viento a favor y a veces medio cruzado. Si no fuese por el viento y los autos que pasan cada tanto el silencio sería casi absoluto. Los autos, pese a que estaba en temporada de verano, pasan muy espaciadamente. Ha pasado más de media hora sin que pase nadie –en uno y otro sentido- pese a ser una ruta importante para la zona. Cuando vas pedaleando y pasa un autos o similar y te toca bocina, resulta un gesto oportuno para la ocasión ya que te levanta un cacho el ánimo en medio de semejante desolación.
Yo sabía que en Alto Las Plumas estaba la cabecera del ramal del FFCC Central del Chubut cuya otra cabecera se encontraba en Puerto Madryn. Recién a los pocos kilómetros de Alto Las Plumas aparece visible el terraplén pero no hay restos de durmientes y menos aún de vías. La ruta va paralela a la vieja traza del tren, inaugurado en 1889 e interrumpido en 1961, hasta Gaiman.
Los automovilistas pasas a velocidad asombrosa. Algunos me pasaron, estimo yo, a más de 150 km/h. La gente pisa el acelerador pensado que no puede pasar nada ya que circula muy poca gente y el asfalto está más o menos en buen estado, y esa es una apreciación errónea. Desde Paso de Indios a 28 de Julio no hay nada, ni siquiera señal de celular. Cabría preguntarse a quién recurrir en caso de un accidente, ¿cómo se comunican con un servicio de emergencias? ¿Qué pasa si no pasa nadie a quien pedirle ayuda? Durante el trayecto vi recordatorios de fallecimientos con causa en accidentes de tránsito. También pude ver una frenada que empezaba en la cinta asfáltica, seguía por la banquina hasta el alambrado de un campo lindero distante a 80 metros. Al final del alocado recorrido los restos incinerados de un auto. Los autos que pasan a mil ni los sentís, te das cuenta cuando ya están 20 metros delante tuyo. Las 4 x 4 por lo menos avisan con el ruido que hacen sus inapropiadas cubiertas anchas, las que, sobre el asfalto y a 170 km/h, suenan como un avión caza a reacción a punto de lanzar un misil sobre un objetivo estratégico. Unos diez segundos antes de que te pasen sabes que viene algo grande. Hay gente copada que te saluda cuando vas pedaleando mediante una doble o triple tocada de bocina. Los más saludadores son los de las motos (que viajan en tren de aventura), luego están los que llevan casillas rodantes, los autos viejos, algunas pick ups de gente del lugar. Los camioneros también. Uno de tan macanudo, saliendo de Los Altares, cuando me estaba por cruzar, tocó un prolongado bocinazo con esa corneta que aman los protegidos de Moyano y que funciona con aire comprimido, dejándome aturdido por varios kilómetros.
Unos quince kilómetros antes de llegar a Las Chapas las piernas empezaron a acusar desgaste. No podía pedalear a más de 20/25 km/h y tenía una fatiga total. Además por la hora –ya estaba atardeciendo- la temperatura había bajado mucho.
Llegué a Las Chapas a las 20:30. No es ni un pueblo ni un paraje ni nada parecido. Es simplemente una estación de servicio a la que se le perdió por la meseta el “servicio”. No tienen
mucha onda.
Paré un cacho a comprar un agua. Hablé con un motoquero que me había pasado en la ruta unas horas antes y que también venía de la cordillera. Aceleró mi partida hacia el Dique distante a 12 kilómetros la llegada de dos autos llenos de pelandrunes que a los gritos se pusieron a jugar una “tocata” con una pelota de rugby.
El camino que te lleva a la Villa Dique Florentino Ameghino es de asfalto y en realidad es la ruta provincial N°31 que te lleva a la ruta nacional N°3 distante a 90 km. Se hacía de noche y hacía frío. Para colmo el viento pegaba cruzado, las piernas no me daban más y no pude avanzar a más de 15 km/h. A los 10 km se termina el asfalto y empieza una bajada enorme a través de túneles hechos en la roca. En el túnel más largo padecí no tener luz delantera ya que algunas luminarias del corredor no andaban y durante algunos metros no veía nada de nada.
Saliendo del conducto pasas por arriba de la presa –la vista es espectacular a la hora del atardecer ya que el sol se esconde sobre las aguas del embalse- y una última bajada tipo tobogán de agua te deja en la entrada de la villa pensando “¿Cómo voy a hacer para subir esto cuando me vaya?!!!!!”.
A las 21:30 llegué finalmente a la Villa.
La oficina de turismo ya estaba cerrada. Hablé con un matrimonio macanudo de Bahía Blanca quienes me aconsejaron donde parar y como eran empleados judiciales aprovechamos para hablar de la vida profesional que había dejado en stand by desde el 26 de diciembre pasado.
Finalmente me alojé en la hostería La Media Luna, muy bien ubicada, bajo la sombra de un paredón de piedra impresionante, y a un precio muy accesible. Me pegué una ducha y cuando salí ya estaba todo cerrado. Por suerte conseguí una pizzería en el camping municipal que me salvó con una grande de mozzarella muy buena.
08 de enero de 2009:
Me tomé un día de descanso en la Villa para disfrutar del hermoso lugar y estudiar bien cómo funciona el dique y, de paso, recuperar las piernas para las últimas etapas del viaje.
Lamentablemente no se puede visitar el complejo hidroeléctrico sino con previa autorización otorgada en las oficinas centrales de la empresa que la explota, con sede en la ciudad de Trelew. Por suerte uno siempre cuenta con el recurso más efectivo: preguntar a los habitantes de la Villa, ya que muchos de ellos trabajaron en el dique.
Por la mañana fui a recorrer la costa del río Chubut siguiendo un sendero que se toma desde el camping municipal. La combinación de los colores del río, las piedras y los árboles es genial. Siguiendo el sendero se llega a la cueva de “La Leonera”.
También desde el camping parte una escalera de más de seiscientos escalones, una verdadera “escalera al cielo”, que te lleva hasta el tope del dique desde donde se puede apreciar toda la villa, ofreciendo una vista inigualable. La trepada se puede hacer un poco pesada pero no es nada al lado de las subidas encaradas días atrás con la bicicleta. Las escaleras no fueron hechas para que turistas como yo suban arriba del dique, sino con la finalidad de que los obreros que lo construyeron bajasen a la base del mismo y a la villa. Se cuenta que dieron con ese lugar para construir el acceso gracias a una vaca. Al pobre animal, los obreros, lo veían algunas veces en lo alto de la pared de piedra y otras veces abajo a la vera del río. Nadie entendía como se desplazaba la vaca de un nivel a otro. La hicieron seguir por un obrero y así hallaron la cuesta en la que después construyeron la escalera.
El dique es una obra de ingeniería fabulosa. Se lo inauguró en el año 1963 tras doce años de construcción. La Villa nació al amparo de la obra. En ella vivían los obreros y llegó a llamarse en sus inicios “Eva Perón”. Una de las primeras cosas que te llaman la atención es descubrir que la presa es hueca!!! Uno pensaría que para contener semejante cantidad de agua es necesario algo macizo y pesado pero los ingenieros se la ingenian.
Te sentís algo raro sabiendo que vivís bajo la sombra de un dique que contiene semejante masa de agua. Si esa pared se parte, semejante concentración de agua y sedimentos te mata al segundo. La gente se acostumbra después de todo y mucho más si escuchas las medidas de control que han implementado en el dique para evitar cualquier contratiempo.
Cuando caminas por la Villa te da la sensación de que ha sido decorada por un ingeniero en seguridad e higiene. Sobran las advertencias de peligro, rejas y alambrados sobre la costa del río, carteles que advierten sobre los riesgos de aventurarse por sitios naturales y deslindes de responsabilidad. Todo tiene su explicación. En la Villa sucedió la tragedia en la que perdieron la vida ocho alumnos y la directora de la Escuela N°39 “Fragata Libertad” de la Localidad de Merlo, Provincia de Buenos Aires, al caerse el puente peatonal que cruzaba el río Chubut a la altura del ya mencionado camping municipal. Hay un recordatorio muy emotivo y el nuevo –y sólido- puente peatonal que se construyó en reemplazo del que se cayó fue dedicado a la memoria de las víctimas.
El río es realmente peligroso no solo porque es correntoso sino que su temperatura es gélida. Yo conocía del accidente por haberlo leído en los diarios y sabía que había sucedido en alguna parte del “Sur” pero no me había imaginado que este lugar había sido el escenario de tan triste episodio.
La recorrida por la Villa y la charla con el dueño de la hostería me develó una duda: el objeto de los terraplenes que bordean el acceso a la Villa desde la RN 25. Pues bien, sostuvieron una línea de rieles, un desvío del FFCC Central del Chubut para transportar cemento a fin de concretar la obra del dique. Fue de tal magnitud la obra que en Comodoro Rivadavia se construyó una planta petroquímica y desde allí se abasteció cemento para el futuro dique. La ruta que se abrió desde Comodoro para llevar el insumo fue la que posteriormente se denominara como Ruta N°31.
Comí algo liviano y me fui a acostar temprano.

Octava entrega viaje Bariloche Rawson

05 de enero de 2009:

Tras levantarme y tomar unos mates vi que el tiempo estaba pésimo, además del frío, estaba muy nublado. Mi amigo me dijo que por radio le habían informado que el tiempo estaba para llover en la zona de Paso de Indios y Pampa de Agnia. Incluso, sucedió algo que es inusual en Tecka: llovió. En la zona de Esquel y Trevelin estaba lloviendo fuerte.

Decidí postergar la salida hasta tanto ver cómo evolucionaba el estado del tiempo.
Me dediqué a recorrer el pueblo.
En los alrededores fui testigo de una actividad que no me resultó muy agradable: la caza de liebres con perros tipo galgo. Los dueños los llevan con correas y los largan en el campo. Víctima y victimarios corren a una velocidad impresionante. En el intento que pude testimoniar, los perros fallaron al tratar de atrapar a la liebre.
Visité a la gente de GruArTeck, un grupo conformado por hilanderas y tejedoras de Tecka que apuesta a la producción y comercialización de manera asociativa de productos textiles de lana de oveja. Al centro llega la lana cruda, directa de la oveja y mediante la utilización de husos, ruecas y telares producen unas prendas muy copadas. Compré para mis sobrinos unos gorros de lana. Cada prenda esta “firmada” y dice qué cantidad de horas insumió su producción. Los precios son muy económicos. La referente del grupo es la Sra. Domitila Huaiquil y el centro se encuentra a la vera de la RN 40.
Me subí a una especie de barda, que tiene una antena en lo alto para sacar fotos del pueblo desde las alturas. Me llené de abrojos y molesté el descanso de algunas liebres durante mi ascenso a pie por la pendiente.
Pude entrar al edificio de la vieja comisaría. Hermoso edificio que se encuentra frente a la plaza principal y en el que hoy funciona un centro cultural y una biblioteca popular. También frente a la plaza en un edificio centenario funciona un vistoso bar “Sanguchito” atendido por su propia dueña.
Por la tarde el tiempo no mejoraba y hacía frío. No daba para pedalear pero si para sacar fotos al paisaje. Se armaban unos cuadros con unos colores espectaculares: el gris plomo de las nubes y las bardas iluminadas por un sorpresivo rayo de sol que las mostraba de un color dorado espectacular.
La oveja es el motor productivo de la zona. Se usa la lana, y se la come todo el mundo. Salvo mis amigos que no comen carne, todo Tecka come carne de oveja, todos los días (en puchero, con polenta, a la parrilla).
La iglesia del pueblo tiene al Padre nuestro y el Ave María en versión bilingüe: castellano y mapuche.
La gente que me recibió me aconseja que me quede una noche más frente a la situación del tiempo que parece no mejorar. El que parece opinar lo mismo es el perro Toti que se metió en la casa después de haber vagado perdido y medio golpeado por el medio de la nada. La idea de hacer 170 kilómetros sin refugio alguno y casi sin paradas no me agrada. La lluvia era casi segura por las zonas a transitar en la próxima etapa. Lo hablé con los dueños de casa y decidí salir en micro hasta Paso de Indios (pueblo en medio de la estepa) y ver desde ahí cómo evolucionaba el tiempo. No quería seguir abusando de la buena voluntad de mis amigos.
Juan Carlos me contó que se había desempeñado como personal de vía y obra en el FFCC Gral. Roca con base en San Antonio Oeste (Río Negro). Me contó historias de tan duro trabajo, labor esencial que facilitan la circulación de los trenes. La zona por la que trabajaba tiene un clima muy áspero: calores infernales en verano y fríos intensísimos en invierno, de esos que hacía que se le quedaran pegadas las herramientas de metal en las manos. También me contaron historias de cuando vivieron en Gastre. Allí el viento es más constante que en Tecka. Tal es así que la gente del lugar se acostumbra a caminar inclinada, pese a que estén a reparo del viento o que, directamente no haya viento (lo cual es excepcional).

06 de enero de 2009:
Me levanté bien temprano para armar mis cosas. Tomé unos mates con los dueños de casa. Juan Carlos había estado de guardia toda la noche y pese a todo se levantó para despedirme.
En el centro de Tecka me encuentro con una de las chicas que atienden en la YPF que esta sobre la RN 40 – Mariela- y su amiga Ernestina. Con Ernestina compartí el viaje en ómnibus hasta Paso de Indios, en donde me bajé mientras ella siguió viaje hasta Puerto Madryn, destino final del servicio.
Mi circunstancial compañera de viaje me contó cosas muy interesantes sobre la vida en Tecka y otras ciudades de la Patagonia. Además me apuntó varias cosas durante el trayecto hasta Paso de Indios, resultando ser una excelente guía para esa zona desconocida para mí.
Durante el viaje, y a unos pocos kilómetros de salir de Tecka, se empezó a bajar gente –todos ellos vestidos de forma típica con sus sombreros, personas con rostros curtidos por el viento y el frío (clima árido estepario frío como lo llaman los expertos en climatología), cargando cajas y pesadas bolsas- en lugares en los que no había absolutamente nada. Al costado del camino los esperaban otras personas a caballo para ir a no sé dónde.
Según Ernestina algunas personas se bajaron en la Comunidad Aborigen Pocitos de Quichaura (Cerro Guacho) compuesta por varias parcelas de tierra ocupadas –legalmente- por varias familias (aproximadamente 50). Parece que la Provincia de Chubut lleva un registro de comunidades aborígenes y que gestiona los títulos de propiedad para los que viven en las tierras afectadas comunitariamente (Para conocer más sobre esta comunidad recomiendo un completísimo informe realizado por el Centro Regional para la energía eólica para el Proyecto Permer, Secretaría de Energía de la Nación, Ministerio de Economía – Poder Ejecutivo de la Nación - http://energia.mecon.gov.ar/permer/InformeSocialPocitos1.pdf).
Al rato llegué a Paso de Indios. El viaje se hizo muy rápido gracias a la charla de mi compañera de viaje. Armé la bicicleta y ajusté las alforjas mientras se acercaban unos chicos a preguntarme de donde venía, hacia donde viajaba, y todas las cosas que les interesan a los pequeños. En esos pueblos los pibes tienen una pureza, paz y onda total. Obviamente les llegará la etapa de marchitarse como a toda persona, pero creo que el cambio no es tan brusco como en las grandes ciudades. Crecen en lugares aislados, con su buena cuota de desigualdades y cuando llegan a la adolescencia los caminos se reducen a una opción bastante estrecha: trabajar en el pueblo de lo que venga, o irse buscando otros horizontes a las grandes ciudades –a veces para trabajar, estudiar o ambas-. Es muy común escuchar que en algunos pueblos tanto adolescentes como adultos caen en el alcoholismo –por múltiples factores- lo que deriva en situaciones de violencia familiar con el consecuente desmembramiento de la familia y otras disfuncionalidades que terminan hiriendo a la comunidad toda. Yo no me crucé a ninguna persona alcoholizada (salvo un viejo que “luqueaba” en Paso de Indios y que me siguió como tres cuadras), pero en las mañanas vi plazas llenas de botellas como si se hubiese festejado un ritual al dios Baco (tal el caso de Tecka, Trevelin, El Hoyo).
Me fui a un almacén de ramos generales a comprar pan y fiambre para hacerme unos sándwiches antes de salir con destino hacia la zona de Los Altares.
Me acomodé en el centro de la plaza, a reparo del fuerte viento que la cruzaba y cuando me disponía a pegarle un tarascón al primero de los cuatro pebetes que me había preparado, se me acercó un muchacho en bici. Se llamaba Segundo Melifilo, alias Cuchi, referente político y representante en Paso de Indios de la agrupación política que encabeza el gobernador Mario Das Neves. A Cuchi lo conoce todo el mundo, lo cual comprobé por cada lugar que visité hasta llegar al destino final del viaje en la Ciudad de Rawson.
Me invitó a su casa a comer una rica polenta con unos pedazos de cordero, muy rica. Segundo es deportista y organiza eventos como la dura prueba ciclística que, en etapas, une a la localidad de Trevelin con Rawson. Al despedirme de él y su familia me obsequió una remera muy piola y una bandera de la prueba ciclística.
La actual ubicación geográfica de Paso de Indios no es la del original “paso de indios” (lugar por donde los tehuelches cruzaban el río Chubut o Chupat –que significa transparente- conforme lo llamaban ellos), lugar al que se lo señala en los más viejos mapas de la zona, hechos por los primeros exploradores (de origen europeo) que viajaron por la provincia (En efecto, muchos caminos que hoy son rutas provinciales y/o nacionales, fueron muchos años atrás senderos utilizados frecuentemente por los tehuelches). En donde hoy se asienta el pueblo funcionaba una herrería por lo que el lugar se conocía como “La Herrería”. Era un viejo “centro de servicios” para las tropas de carros que iban y venían por el valle del río Chubut.
Finalmente tomé la Ruta 25, previo aprovisionamiento de agua. Preví llegar antes de que termine el día a la localidad de Los Altares distante a unos sesenta kilómetros de Paso de Indios.
Salí a la ruta y estaba todo genial. No hacía mucho calor y viento fuerte a favor. Empecé mi pedaleada y al rato estaba avanzando a un promedio de 35 km/h con picos de 60 km/h!!!. Un placer endulzado por paisajes imponentes que sorprenden.
A medida que avanzas por la RN 25 (asfalto) aparece el río Chubut que junto con el viento han ido tallando en la meseta -a lo largo de millones de años- unas formas impresionantes. Paredones de piedra de colores hermosos, caprichos de piedra que llaman a descubrir formas ocultas: se destaca el famoso “Barco”, un verdadero transatlántico similar al Titanic que parece querer escaparse de la meseta, y el “Arca de Noé”. La ruta tiene varias curvas (es que sigue en paralelo el curso del río) y a la vuelta de cada una de ellas te encontras con nuevos paisajes, siempre deslumbrantes.
No conozco los motivos por los cuales Los Altares –la zona se ha llamado así por la similitud que guardan las rocas con las columnas de viejos templos- no comparten el podio de maravillas naturales de nuestro país como las cataratas del Iguazú, la quebrada de Humahuaca, Península Valdez, entre otras.
Se me cruzó por la cabeza, al ver que el río ha puesto al descubierto esas formaciones geológicas, con colores tan vivos y variados (verdes, rojos, amarillos, blanco, negro, marrones, etc.), que debajo de esa superficie monótona y uniforme de la meseta patagónica central duermen todas esas formas y colores a la espera de un nuevo ciclo geológico –que no vamos a ver- que les brinden un protagonismo que hoy no tienen.
La ruta no tiene mucho tránsito pero los que pasan no ahorran velocidad y consecuentemente combustible. El viento ayuda mucho pero cuando pasas de tenerlo a favor a cruzado por efecto de una curva, hace que reduzcas la velocidad a menos de la mitad. Todo lo que te da te lo puede quitar de un momento a otro.
En poco más de una hora y media estaba en la Localidad de Los Altares, ubicada en la zona conocida como El Valle de los Altares.
Me alojé en la comodísima hostería del Automóvil Club Argentino (ACA). Recorrí la pequeña aldea rural y me fui caminando –unos cuatro kilómetros ida y vuelta- a la Estación Hidrológica de Los Altares que se encuentra al costado del río. A pocos metros de allí se encuentra “la pasarela”, un puente colgante que se usa para que crucen el río -de unos veinte metros de ancho en esa parte- tanto personas como animales. Para no poner en riesgo su estabilidad un cartel indica la cantidad de personas, ganado ovino, equino o vacuno pueden pasar al mismo tiempo por el puente. A la pasarela se accede tras pasar una tranquera que te hace pasar por una sólida y bella construcción llamada la “Casa de Piedra”, la cual estaba en evidente estado de abandono. Una lástima.
Al lado de la pasarela se conserva el viejo sistema para cruzar el río: una especie de tirolesa (quizás tenga un nombre técnico que desconozco) con un cable de acero y una especie de mega canasto que con una polea se desliza hacia la otra orilla. No sé si se seguirá usando pese a la existencia de la pasarela.
Estaba fusilado por lo que me comí los sándwiches que no comí al mediodía y me fui a dormir.

Séptima entrega viaje Bariloche Rawson - HUELLA DE LOS RIFLEROS

04 de enero de 2009:
Me levanté bien temprano, desayuné, charla de despedida con la Sra. Anabel, titular del establecimiento y partí con destino a Tecka.
Jamás pensé que ese iba a ser uno de los días más sorprendentes del viaje. Yo había decidido ir a Tecka por la Ruta Provincial N°34 (la alternativa es ir hasta Esquel por asfalto -26 km- y ahí agarrar la ruta nacional 40 y arriesgarse a morir atropellado). De acuerdo a los mapas esa senda no figura como ruta consolidada de ripio, sino como “camino” o “huella”. Además en el mapa vos ves una línea que te deposita en la Ruta Nacional N°40 a unos 30 km de Tecka. Pero esas líneas no dan cuenta de que el camino es en gran parte una huella, atravesada en reiteradas oportunidades por tranqueras y vados, una senda que obliga a encarar grandes subidas y que tenés que superar dos importantes cordones montañosos. Adelanto que los paisajes son de una belleza cautivante, IMPRESIONANTES.
Por eso siempre es bueno tener referencias previas de gente que haya recorrido, de ser posible en bicicleta, el mismo camino y por lo menos que te canten la justa. El camino en si no es difícil pero no te cruzas con persona alguna (en los 75 kilómetros no vi a un solo ser humano, ni en el camino, ni en los alrededores, ni arriba de un auto o cualquier medio de transporte –incluidos globos, aviones o helicópteros-) y salvo la posibilidad de tomar agua de algunas vertientes que surgen de la montaña, no existen lugares donde reponer las reservas de líquido.
Yo nunca encaré una etapa sin suficientes reservas de líquido. Siempre salía con seis litros de agua / jugo (tipo mocoretá u otras marcas para diluir) por lo menos. Nunca los tomé de forma completa pero más vale prevenir.
A las 08:15 hs salí de Trevelin y agarré la ruta 34, pasé por la Escuela N°18 que ya había visitado y llegué a la famosa “Piedra Holdich”. La piedra es una roca de granito grabada por encargo del Perito Francisco Pascasio Moreno con una leyenda (“En honor de la visita de Sir T. H. Holdich 1-5-1902”) en homenaje a la visita de Sir TH Holdich, delegado arbitral del rey Eduardo VII.
Un poco de historia acerca de por qué “La Huella de los Rifleros”, veamos: Cuando llegas a Trevelin o pasas por Esquel ves que el nombre “Fontana” esta por todos lados (plazas, avenidas, monumentos, incluso un lago). “Fontana” fue el Comandante Luis Jorge Fontana, destacado militar en la Guerra del Chaco y primer gobernador del, en ese entonces, territorio nacional del Chubut. Según el interesante libro titulado “Retratos de la Cordillera. Vivir en los Valles Andinos del Chubut” del Lic. Jorge Fiori, Gustavo De Vera y el Arq. Fernando López Guzmán, de excelente edición (editado por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Trevelin), imprescindible su compra para todo aquel que visite la zona, la precordillera era un “muro infranqueable” para los colonos del Chubut que se habían asentado en el valle inferior del río homónimo. Los tehuelches habían referido a los colonos galeses, con quienes mantenían una excelente relación, la existencia de valles fértiles al pie de las montañas del oeste de la provincia. En 1865 los colonos persuadieron a Fontana de formar una compañía y explorar la zona.
El Gobernador partió el 16 de octubre de 1885, al mando de treinta colonos, todos civiles, de distintos orígenes (argentinos, galeses, norteamericanos y alemanes), armados de rifles dados en comodato. Se los conoció como la “Compañía de Rifleros del Chubut”. Un mes más tarde llegaron al Valle Hermoso (en galés: Cwm Hybryd) o Valle 16 de Octubre donde actualmente se asienta la ciudad de Trevelin.
La Compañía pasó por lo que es actualmente la ruta 34 y por lo tanto se la conoce como “La Huella de los Rifleros”.
Anualmente habitantes de la zona se visten a la usanza de aquellos viejos tiempos y recrean la gesta de los “rifleros”. El capo que me atendió muy amablemente en la Escuela N°18 es quien representa –vestido con uniforme militar de la época- a Luis Jorge Fontana. Incluso me contaron que hace pocos meses atrás se filmó en distintas locaciones de la provincia y con participación de los pobladores de la zona una película acerca de la vida de tan singular personaje. Fontana era de esas personas que, además de ser militares, poseían conocimientos variados –geografía, cartografía, etc.- y eran titulares de un bagaje cultural llamativo para esos tiempos sin grandes bibliotecas, internet u otros medios. Fue también autor de más de una docena de obras y naturalista. Fontana también anduvo por Jujuy, Formosa, Chaco y en todos lados dejó su huella. El film, dirigido por el reconocido director Juan Bautista Stagnaro y protagonizado por Guillermo Pfening se estrenaría en los primeros meses de 2009.
Volviendo a la huella …
Al poco tiempo la ruta se angostó y empezaron las subidas. Una de ellas muy grosa, a nivel de las grandes atravesadas al salir de Bariloche, pero con una salvedad: este era un camino rústico y los mismos siguen la evolución de la geografía y por lo tanto toman pendientes muy pronunciadas. No es como en las rutas asfaltadas donde los ingenieros viales planifican “cortes” en las montañas, diseño de giros o elevaciones más suaves. Como no me quería “quemar” las piernas y no sabía la que me esperaba, en las partes más jodidas me bajé de la bici la llevé caminando por unos doscientos metros (hice negocio). En algunas partes de la senda el ripio estaba muy flojo y asomaban algunas piedras que bien me podrían haber partido la rueda y en el mejor de los casos cortado las cubiertas.
Pasé los arroyos Nahuel Pan y el río Corinto y tras una nueva trepada sentí que había hecho 80 kilómetros pero en realidad habían sido solamente 30!!! El camino se torna muy agreste. Cada tanto se cruzaba alguna liebre, caballos, vacas y algunas ovejas. En esa zona abundan los “maillines” pastizales que se sustentan en terrenos medio pantanosos que se van secando a medida que avanza el verano.
Después de haber superado las subidas que vinieron después del río Corinto el terreno y el paisaje cambia: es más seco y empiezan a aparecer pastos “pampa”. Antes había pasado bajo unas torres de alta tensión que vienen de la represa de Futaleufú y tienen como destino Puerto Madryn y más precisamente la fábrica Aluar (la producción de aluminio necesita un recurso fundamental: enorme volúmenes de energía eléctrica). También pasé al lado de unos “paredones” de piedra que van paralelos a la huella que son impresionantes.
Pese a la soledad del camino hay señales que cada tanto te recuerdan que en realidad no te encuentras solo en el mundo y que formas parte de una raza que conforma la llamada “civilización”.
De pronto advertí que el camino cuenta con algunas sorpresas para el viajero novato. Venía tranquilo circulando por la huella y de pronto UNA TRANQUERA. Es tan grande la soledad e inhóspito del camino que lo primero que pensas –más allá de lo que te cante el GPS- es “me equivoqué de camino”. Por suerte la valla estaba sin candado y seguí mi camino. Luego tuve que atravesar otras dos tranqueras.
Al poco tiempo de cruzar la última tranquera llegué a una especie de planicie cruzada por vientos del oeste muy fuertes que se me cruzaban y que me obligaron a poner fuerza adicional (“huevos” en lenguaje coloquial) para poder avanzar a una velocidad más o menos aceptable (no más de 14 km/h). En esa parte no hay nada de nada, ni siquiera árboles. Ahí se me vino a la cabeza todo el rollo de que no estaba viendo a nadie desde hace rato y como que el camino no terminaba más.
En medio de esas tribulaciones mentales advertí que al frente tenía un cordón montañoso bien alto y pensé –pobre de mí- que antes de esas montañas estaba la ansiada RN 40. Miraba el GPS –que no te dice si hay montañas, solo ríos y arroyos, ningún otro accidente geográfico- y todo indicaba que faltaba poco para llegar a la 40. Ahí descubrí que la perspectiva de un habitante de la pampa húmeda no capta la real magnitud de las distancias en un terreno montañoso como el de esta parte del país. La RN 40 estaba muy atrás de esas montañas, es decir que, tenía que atravesarlas.
Nuevas subidas, pero no tan pronunciadas como la que había superado unas horas antes. Un cartel me anunció que estaba a tan sólo 51 km de Tecka. Me dio ánimo y seguí pedaleando.
Cada tanto cruzan el camino pequeños hilos de agua que sirven para refrescarse y, en caso de necesidad, cargar agua para beber. Un lugareño me dijo que para detectar si el agua es bebible es conveniente ver si los pájaros beben del curso. Otra pista para saber si se estamos ante agua sana es detectar presencia de fauna en el arroyito (renacuajos, pequeños peces –alevinos-, etc.). En uno que pasé había pájaros y renacuajos. Cargué agua pero no la tomé, solo la usé para mojarme la cabeza ya que tenía líquido envasado.
Una vez que llegué al punto más alto del camino, vi un cartel muy copado y oportuno: CAMBIO DE PENDIENTE OCEANICA ATLANTICO – PACIFICO. Es decir que de un lado del punto las aguas bajan para el océano Atlántico, mientras que para el otro corren hacia Chile.
A partir de ahí fue una gran y extensa bajada hasta la RN 40. Nuevamente te quedas con las ganas de bajar a toda velocidad ya que ves mucha piedra suelta y algunas bastante filosas (tipo lajas), y en realidad vas aplicando frenos todo el tiempo.
Tras una hora / hora y media de viaje llegué a la Ruta Nacional N°40 (KM 1576 de la RN40). Allí había un cartel que anunciaba “Huella de los Rifleros. Solo para 4 x 4 y pick up”.
Agarré la 40, asfaltada pero en muy mal estado, y fue un tramo sufrido ya que tenía un violento viento en contra –en lagunas partes era cruzado y te daba la sensación de que te volteaba- y venía con el caballo cansado por la huella de los rifleros. Los autos –para variar- te pasan a mil y se advierte la presencia de muchos camiones, la mayoría chilenos.
Paré un minuto a reponer agua en la cantimplora y seguí mi viaje hasta que la ruta sufre un desvío por tierra ya que están arreglando el asfalto. Para evitar el tráfico y tener que comerme un kilo de tierra, seguí por el camino que estaban arreglando. Algunos giros de la ruta te permiten agarrar a favor el fuerte viento y es un alivio ya que te hace avanzar solito a 30 km/h.
Tecka parecía no llegar más, pero al rato vi el río Tecka y a los pocos kilómetros divisé el centro urbano.
Fueron 105 km bastante duros, en los que no paré sino para tomar agua y sacar fotos.
El pueblo es chico. No tiene más de mil habitantes. Tiene una YPF en la que cargan combustible muchos autos y camiones que viajan por la RN 40 en ambos sentidos (cuando llegué había colas bastante largas para reabastecerse).
Entré a la estación de servicio preguntando por un lugar para dormir y me refirieron un hospedaje. Fui pero estaba cerrado ya que el edificio se encuentra alquilado a la empresa que arregla la ruta para alojar a los obreros. Un señor me dijo que en el parque municipal se puede armar la carpa pero el lugar no me convenció. Se venía la noche y no tenía donde parar. Fui a la municipalidad y estaba cerrada. En la iglesia tampoco encontré a nadie. Era domingo y estaba todo cerrado.
Ya estaba pensando en optar por una alternativa que me había sugerido Cristian Savor: armar la carpa en un terreno que esta atrás de la YPF en el que estacionan los autos de los empleados de la misma. Pero tuve el acierto de pasar antes por la Comisaría para registrarme. Por las dudas.
En el edificio policial fui atendido por el oficial a cargo, Juan Carlos, quien muy amablemente ante mi inquietud de alojamiento me invitó a parar en su casa. Allí me presentó a su esposa Cecilia. Muy copados los dos. Me armaron una cama, me convidaron unos mates con pan dulce y todo genial. Para un porteño acostumbrado a no abrir la puerta a desconocidos, la buena onda de mis amigos de Tecka me dejó impresionado. Me contaron que siempre le dan una mano a mochileros que llegan a Tecka con ganas de parar por una noche.
En Tecka hay edificios muy lindos y viejos. Se destaca en la entrada, sobre la ruta 40, un pintoresco y llamativo árbol de navidad hecho con las bases de botellas PET. También está el Mausoleo donde descansan los restos del Cacique Inacayal. Los restos del cacique fueron restituidos a su tierra en 1994, después de haber fallecido a fines del siglo XIX en la ciudad de La Plata (más precisamente en el Museo), lugar al que se trasladó a instancias del ya nombrado Perito Moreno, quien lo rescató de un regimiento en la zona del Tigre, en el que estaba sumido a la servidumbre junto a su familia.
Mientras se hacía de noche unas nubes cargadas de agua empezaron a desplazarse por el cielo indicando que el tiempo podía empeorar de un tiempo a otro.
Tras haber cenado con mis amigos Juan Carlos y Cecilia me fui a dormir.

jueves, 22 de enero de 2009

Viaje Bariloche Rawson. Fotos Viejo Expreso La Trochita - Esquel

Poder ...!!!
Asiento en clase común.


Silbato!





EStación Esquel




Sexta entrega viaje Bariloche Rawson

Atardecer en Trevelin
Té Galés


Tumba de El Malacara


Histórica Escuela N°18, la del plesbicito


Molino Andes.

02 de enero de 2009:
El desayuno que sirvieron en el hotel fue realmente muy bueno. Ni bien terminé salí con la bicicleta, pero sin las alforjas (¡¡¡la sentía como una rutera de carbono!!!), a recorrer el pueblo. Visité el museo regional Trevelin del Molino Andes. El museo fue creado en 1971, posee una importante colección de documentos y objetos representativos de los usos y costumbres de los galeses e indígenas de la región. El mismo funciona en el edificio donde funcionaba el Molino Andes, creado en 1922 y es el que le dio el nombre al pueblo (Pueblo del Molino). Aproveché para comprar algunos libros que venden en el museo.
Al mediodía tras haber picado algo me fui hasta la histórica Escuela N°18 distante a 8 kilómetros del pueblo. Los edificios están muy bien conservados pero ya no funciona como establecimiento educativo. Allí funcionó la primera escuela de la región (1895) y es donde, el 30 de abril de 1902, mediante la celebración de un plebiscito, los habitantes del Valle 16 de octubre decidieron vivir bajo la bandera argentina, sumando a nuestro país esa enorme zona que estaba en disputa con Chile. Ese suceso se conoce como el plebiscito de 1902 y fue decisivo en el proceso que concluyó con la firma de los Pactos de Mayo y el Laudo Arbitral del rey Eduardo VII de Inglaterra en noviembre de ese mismo año.
La escuela está sobre la ruta provincial 34, la que haría un par de jornadas después para llegar a Tecka. Esa ruta se conoce como la “Huella de los Rifleros”.
Los edificios escolares no son los mismos de 1902 pero son una réplica y están muy pero muy bien cuidados. Tiene mucha documentación y fotografías súper interesantes. En los jardines circundantes hay un hito limítrofe y varios trabajos artísticos en cerámica.
La vuelta de la Escuela fue dura ya que soplaba un viento en contra bastante fuerte. Mientras avanzaba vi a un señor que les acercaba unos tachos de agua a tres terribles bestias que pensé eran toros. Los bichos tenían una altura de más de dos metros y unos cuernos impresionantes. Me paré a sacarles fotos y entablé una agradable charla con el dueño de los animalitos. El hombre era un chacarero de apellido Jones y me informó que los animales en realidad eran bueyes y que eran muy mansos. De hecho estaban comiendo los frutos de un manzano silvestre y la verdad es que de verlos comer y tomar agua de sus tachos, les tomas cariño. El los usa para arrastrar alambres por el campo para sacar plantas de rosa mosqueta, para trasladar fardos de alfalfa con un carro en invierno. Parece que son muy inteligentes ya que suelen abrir tranqueras y mantienen un diálogo sin palabras con su amo.
Tras volver al pueblo me dirigí al museo Cartref Taid u “Hogar del Abuelo” en donde te atiende Cleary Evans, nieta de John Daniel Evans, dueño del Malacara, caballo memorable que le salvó la vida en la masacre en que perdieran la vida a manos de los indios sus dos compañeros -cerca de Las Plumas.
La atención es personalizada y la charla que te da Cleary Evans es muy interesante. Ella me había reconocido por haberme visto en la pizzería la noche anterior. En los hermosos jardines del museo está la tumba del Malacara –una gran roca de granito oscuro- la que reza: “Aquí yacen los restos de mi caballo El Malacara que me salvó la vida en el ataque de los indios en el Valle de los Mártires el 4.3.84 al regresarme de la cordillera. RIP. John Daniel Evans”.
Cansado por la vuelta compré unos biscochos en una panadería y me fui a dormir una siesta. A la noche como encontré todo cerrado volví a la pizzería pero esta vez me fui a la barra y sin intermediarios con la cocina me comí una pizza piola.

03 de enero de 2009:
Fue una noche difícil ya que en el jardín del hotel viven dos teros que ante el menor movimiento se ponen a gritar como locos. Por un lado me parecen copados ya que siento que de algún modo me están cuidando la bici que duerme afuera.
Además, como si no hubiese bastado con el ataque de los aguiluchos en Lago Verde, volví a tener un pequeño incidente con un animalito doméstico. Como tenía calor dejé abierta, antes de ir a dormir, la ventana de la habitación. A eso de las 4 AM siento un ruido y veo un bulto que caminaba por arriba de la mesa. Prendo la luz y veo el paquete en que el que tenía unos salamines y una bondiola comprada en un lugar muy bueno llamado “Don Cacho”, de Trevelin, estaba medio revuelto y desparramado. El responsable: un gato que me miraba desde debajo de la cama medio agazapado. Pensé que se me iba a venir encima pero salió rajando por donde entró. Por suerte me dio tiempo para sacarle una foto y mostrársela a la dueña de la hostería al día siguiente. Debo reconocer que los salames de Don Cacho tienen un aroma intenso. Es una suerte que solo hayan atraído la atención de un gato doméstico. En otras épocas más salvajes hubiese tenido la segura visita de un puma (No exagero, extraigo del Diario de Exploración 1894/1895 de Llwyd ap Iwan –explorador galés que ha recorrido la zona en reiteradas oportunidades- compilados y traducidos por Tegai Roberts y Marcelo Gavirati y editados por Patagonia Sur Libros – La Bitácora, el siguiente relato: “(…) Durante la noche, cuando estaba profundamente dormido, fui despertado por los gritos de mi compañero clamando desesperadamente que un puma estaba junto a su cama. Tomando mi carabina me acerqué y como estaba demasiado oscuro para ver al león, le pregunté donde estaba. Williams, que estaba buscando a tientas su revólver debajo de las cobijas, contestó que el animal estaba justo más allá de la cabecera de su cama y agachándome lo espié. Levantando mi carabina disparamos casi simultáneamente. El león dio un tremendo salto en el aire y salió disparado haciendo un ruido como el de un caballo al galope. (…)”).
Me levanté a las 06:30 AM para desayunar y salir rápido –colectivo mediante- a Esquel para poder abordar la famosa “Trochita”. Yo no tenía ticket (sale $50.- el recorrido turístico ida y vuelta a la estación Nahuel Pan) así que tenía que estar temprano (sale a las 10.00 hs).Tomé el colectivo que pasó a las 08.00 y ni bien llegué a Esquel fui a buscar la encomienda que había mandando desde Bariloche. Al paquete le agregué otras cosas que ya no usaría (ropa, mapas y folletos de lugares ya visitados, etc.) y unos libros que había comprado, y lo despaché a Rawson por la empresa Don Otto.
A cuatro cuadras de la terminal esta la estación del Viejo Expreso Patagónico. Esta el edificio original y uno nuevo muy moderno. Pese a que eran las 09:15 ya había mucha gente y cuando me acerco a la ventanilla de venta de boletos me sopapearon con la siguiente respuesta: “Lo lamento, ya no hay más tickets”. Me dio una furia total. Yo había estado llamando desde hacía tres días para averiguar dónde comprarlos o para que me reserven un pasaje pero nadie atendió. Había dejado incluso mensajes en el contestador automático.
Parece que las agencias de turismo compran paquetes de pasajes y quizás no los venden a todos por eso el cupo siempre se encuentra completo. La onda es ir a una agencia y poner el cogote. Pedí por favor pero sin rogar ni suplicar (no es cuestión de andar arrastrándose) y me pusieron como en una especie de lista de espera. A los 10 minutos y tras haberme hecho pasar una tensión innecesaria me dijeron que tenía mi pasaje. Genial.
El viaje es corto –dura tres horas entre ida y vuelta- pero muy interesante. En cada vagón viaja un guía que brinda datos muy interesantes. El tren en el que viajé tenía vagón comedor y era conducido por una Locomotora Henschel Clase 75 H.
Cuando regresamos a Esquel (el recorrido a la altura de la estación Nahuel Pan cuenta con un triángulo que permite que la Henschel de la vuelta y se ponga nuevamente al frente del tren con la trompa hacia adelante como corresponde) me hicieron una especie de entrevista para un medio gráfico preguntándome qué me había parecido el recorrido y el servicio.
Desde la estación averigüé donde estaba la parrilla más cercana en Esquel ya que tenía ganas de comer carne. Me recomendaron la parrilla “El Rancho” y, pese a que eran las 14 hs de un sábado ya habían cerrado la parrilla, solo me podían ofrecer pastas o milanesas. Por suerte tenían unas tiras de asado que me salvaron. En este punto debo aclarar que en todo el viaje por el sur no la pegué con los horarios de los establecimientos gastronómicos. Uno acostumbrado a que en Buenos Aires podes comer una parrillada a media tarde, llega al sur y descubre que las cosas no son así. Uno de los problemas es que oscurece muy tarde en la zona de la cordillera y uno sale naturalmente a comer cuando ya son las 23 hs y a esa hora las cocinas ya están cerradas.
Esquel es una ciudad grande y con muchos comercios. Es muy linda ciudad pero ese día no había nadie por la calle!!! Todos los comercios cerrados. Una señora, dueña de un completísimo quiosco / librería / juguetería / bazar / agencia de lotería / locutorio / etc. ubicado frente al ACA me dijo que le parecía una vergüenza que una ciudad turística no tenga nada abierto un día sábado. Claro que esa señora era una de esas personas que son trabajadores incansables, siempre al pie del cañón, en sus negocios, a toda hora, cuidando todos los detalles, personajes en extinción como el huemul, ya que mucha gente cree que los negocios rinden solitos. A mí la verdad no me molestó que este todo cerrado ya que no quería comprar nada, tan solo comer un poco de carne.
Me fui a tomar el colectivo a Trevelin (pasa por la Avenida principal cada una hora los fines de semana y cada media de lunes a viernes) y descansar para salir al día siguiente con la fresca a enfrentar el camino a Tecka por la denominada “Huella de los Rifleros”.
Después de caminar por el pueblo fui a tomar el té gales. Me habían dicho que era abundante así que especulé que con ese menú merendaba y cenaba. Efectivamente fue así.
Fui a la casa de té Nain Maggie, que está al lado del hotel. El lugar se encuentra ambientado de una forma excelente, con muy buen gusto. Tiene a su vez un anexo en el que venden artesanías y muchos libros a precios muy convenientes.
El “te” que uno asocia a estados de enfermedad, acompañado por dos lastimosas “críollitas” en medio de pañuelos, aspirinas y frazadas, no tiene nada que ver con el fabuloso “Té Galés”.
Te traen a la mesa una tetera enorme y una jarra de leche fría. Lo acompañan con tres tipos de dulces de frutas finas, un scon salado (exquisito) y cinco porciones de torta y la famosa torta negra galesa. Además te sirven dos mega tostadas (20 cm x 25 cm cada una, una de pan blanco y otra de pan negro) untadas previamente con manteca y un tachito con manteca adicional.
Pese a lo que uno puede llegar a creer, el té que tomaban los galeses en Europa no era como el descripto “Te Gales”. Este tiene particularidades que fueron impuestas por los colonos una vez instalados en Chubut. En conclusión: el “té gales” en Gales no se consigue.
Hay que tomarse su tiempo y terminar todo en una hora u hora y media. Con la última torta terminé el excelente libro de Asís y arranqué con otro del mismo autor e igualmente recomendable: “Cazadores de Canguros” (libro recontraleíble).
Con el estómago lleno fui al hotel y me acosté sin escalas.

Quinta entrega viaje Bariloche Rawson

Camino a Trevelin tras haber salido del Parque Nacional Los Alerces


Un volcán? Un puesto de choripan en la cima? No. Cenizas arrastradas por el viento.



Playa en el Lago Futalaufquen


Rio Arrayanes (PN Los Alerces)




1 de enero de 2009:

Me levanté a las 08:15 hs. Dormí muy bien en la bolsa de dormir. Casi casi como que no quería salir (una regresión a etapas intrauterinas???). Me puse a armar todo para emprender el viaje nuevamente.

Una de las cosas más pesadas del viaje es tener que armar todo ante cada partida. No se trata de armar un bolso que vas a meter en el baúl de un auto. Son alforjas que van agarradas al portaequipaje de una bicicleta así que tenés que armar todo bien para que entren las cosas en un espacio lógicamente reducido.

La salida del camping hasta la ruta es una cuesta larga y muy empinada que conviene hacerla caminando para evitar caerte en algunas curvas.

El día arrancó con un tiempo hermoso y así fue para el resto de la jornada.
A los dos minutos de salir tuve un suceso que se convertiría en la primera anécdota del 2009. Resulta que salgo y veo en el medio del camino una liebre sentada, quieta. Me mira y como yo venía bajando la cuesta, empezó a correr en el mismo sentido que el mío. Fueron más de trescientos metros en los que la liebre corría delante de mi bici por medio del camino a unos 30 km/h. Era loco por que el bicho no se iba del camino. Al pegar una pequeña curva veo que viene en sentido contrario una pareja caminando y llevando de las riendas a dos caballos con carga encima. Además traían un perrito con una correa. Ellos vieron la “carrera” y habrán pensado que yo venía corriendo maliciosamente a la pobre liebre. Cuando los pasé se reían del pequeño espectáculo. La liebre cuando vio al perro que venía con esos caminantes se asustó y se corrió para la banquina escalando la ladera de la montaña. Lamentablemente no le pude sacar una foto ya que venía bajando y a buena velocidad y en medio del ripio. En realidad de los cientos de liebres que vi a ninguna le pude sacar una foto ya que ni bien advierten tu presencia rajan y para cuando vos sacaste la cámara la liebre ya está metida en su cueva. Tampoco podes andar todo el camino con la cámara de fotos lista en la mano por si aparece una liebre.

Saliendo de Lago Verde pasas por uno de los lugares más lindos que vi jamás: el río Arrayanes con sus colores indescriptibles con palabras. Hay que verlo personalmente para darse cuenta de lo que es.

En este tramo no había grandes subidas, además el aire era purísimo y cada tanto venían unos aromas de flores y del bosque que te llenaban de vida los pulmones.
Al poco de andar aparece en tu vista –majestuoso, enorme- el Lago Futalaufquen. Es de un gran tamaño y en cada curva o mirador te depara una sorpresa: playas, arroyos que bajan de la montaña para terminar en él. Hay partes del camino por las que pasas en las que hay peligro de derrumbe. Ves algunas piedras que están al costado del curso y no queres imaginar lo que pasaría si le caen a un ciclista en la cabeza.
A las dos horas de salir del camping la calma empezó a menguar, más precisamente pasando el Camping de Bahía Rosales. Como era feriado, mucha gente de Esquel se va al parque nacional a pasar el día y el tráfico aumentó notablemente. Me pasaron un dato: como de noche en los accesos al parque no cobran entrada, el grueso de la gente que estaba en el parque entró en las horas posteriores al brindis de las doce, en medio de la madrugada para zafar de la entrada. En algunas partes del parque el ambiente no era el mejor, se habían armado picados, mucha gente haciendo fuego (incluso vi una familia cocinando en una olla sobre un fuego armado en un hueco de un árbol). El panorama era más parecido al de los bosques de Ezeiza un día domingo que al de un parque nacional. Los guarda parques iban y venían pero me dio la sensación de que la situación estaba desmadrada. Mucho auto tuneado, birras, gritos desaforados.
El intenso tráfico dejó un polvo en suspensión que molestaba la visión y tornaba un poco peligrosa la circulación.
Llegando al acceso a Villa Futalaufquen el camino se encuentra asfaltado. La caravana de autos que entraban al parque era impresionante.
Antes de la Portada Centro del Parque paré a comprar en una despensa un agua fría para tomar. Vi mi estado y era lamentable. Estaba lleno de polvo, parecía que me hubiese agarrado una tormenta de arena. Era la ceniza volcánica una de las grandes responsables. Alrededor del simpático edificio de la despensa se veía la ceniza en el suelo. Parecía como si hubiesen tirado miles de bolsas de cal. A la salida del parque vi como en lo alto de las montañas que circundan el camino se levantan enormes columnas que parecen de humo pero son cenizas. Me contaron en la despensa que la ceniza del Chaltén afectó seriamente a los productores de la zona, ya que, además de arruinar tierras, perturbó la salud de los animales.
Saliendo del parque –por asfalto- te encontras con una bajada buenísima (50 km/h). Pero el asfalto a los pocos kilómetros se termina, más precisamente en donde se abre el camino con dos destinos posibles: Esquel o Trevelin. Yo tenía pensado de antemano ir a Trevelin así que agarré por ahí (ripio). Pero el camino a Esquel estaba vedado al tránsito –lo están arreglando- y por lo tanto todos los autos y camiones tienen que ir hasta Trevelin y de ahí retomar por otra ruta (la 259). Pese a que el camino a Esquel estaba cerrado vi venir por él a un flaco en bici. Era de Esquel y se iba a hacer una excursión al Parque. Me dijo que el camino en reparación se lo puede transitar con la bici. Charlamos un rato y seguí mi camino a hacia Trevelin.
Por suerte el tramo hasta Trevelin estaba siendo regado por camiones dispuestos al efecto. Ya no había polvo pero si BARRO!!! El camino espectacular, muy lindo, sin tantas montañas, con suaves subidas y muchas bajadas. En el trayecto vi como una grúa retiraba los restos de lo que fue un auto que habrá dado sus buenas vueltas antes de terminar destrozado al costado del camino. Problemas de la velocidad que desarrollan conductores inexpertos en caminos de ripio. Agradecí no haber estado al lado de ese auto cuando empezó su despiste, bah, si era necesario para ayudar a sus ocupantes no hubiese tenido problemas en estar ahí.

Finalmente la RP 71 te deposita en un pintoresco puente –largo pero angosto (pasa solo un auto)- que cruza el río Percy y entras en el “Pueblo del Molino” es decir, Trevelin. Efectivamente Trevelin quiere decir pueblo del molino en galés (Tre: pueblo, Velin: molino). Ciudad que tiene muchísima historia y lugares preciosos y que fue fundada a fines del siglo XIX por colonos gales provenientes del Valle inferior del Río Chubut.
Tomé la Avenida Patagonia y llegué a la plaza principal donde se encuentra la oficina de turismo. Ya en el acceso al pueblo vi varias construcciones casi centenarias con la típica impronta galesa en la arquitectura.
En la oficina de turismo fui atendido por un tipo genial que me habló un montón acerca del pueblo y su historia, todo con mate de por medio. Un capo. Decidí quedarme un par de días y tomar a Trevelin como centro para luego ir a conocer Esquel y visitar una de las atracciones de mi viaje: El Viejo Expreso Patagónico, conocido por todo el mundo como “La Trochita”.

Me hospedé en la hostería Stefanía, muy lindo lugar, me pegué un baño que seguramente afectó las cloacas de la localidad con un alud de agua, polvo, ceniza y barro. En el hotel estaban parando dos ingleses que venían recorriendo la Patagonia en bici. Lamentablemente como era primero de enero muchos negocios estaban cerrados. Salvo una heladería donde tomé un helado muy bueno.
Trevelin rebosa de historia. Yo tenía particular interés en llegar a este punto y avanzar hacia el Valle inferior del Río Chubut, siguiendo de algún modo lo que fue la ruta de los galeses. De ahí en adelante todo el viaje, además de los paisajes, estaría empapado por miles de historias escritas por hombres y mujeres que han ido forjando esta parte de la Patagonia Argentina.

Caminando por las calles de Trevelin un matrimonio me dijo que me había visto pedaleando por el Bolsón, justo el día en que yo había pasado por esa localidad.
Trevelin es, sin dudas, un lugar para quedarse. Tiene paz pero al mismo tiempo tiene muchas cosas para hacer y conocer: Museo Histórico Regional, Museo Cartref Taid, Capillas galesas, y casas de té. Ello sin contar los atractivos que se encuentran fuera del ejido urbano (Complejo hidroeléctrico Futaleufú, Cascadas Nant y Fall, Escuela Histórica N°18, Piedra Holdich, lago Rosario, entre otras). A partir del dos de enero había un ciclo de cine con un montón de títulos para ir a ver.
Por la noche fui a comer una pizza a un lugar que inauguraba. La pizza muy rica pero la atención fue mala (en realidad las chicas eran nuevas, quizás para febrero o marzo ya habrán aprendido como se sirve una gaseosa y una chica de muzza).
Dormí como un oso.
02 de enero de 2009:

El desayuno que sirvieron en el hotel fue realmente muy bueno. Ni bien terminé salí con la bicicleta, pero sin las alforjas (¡¡¡la sentía como una rutera de carbono!!!), a recorrer el pueblo. Visité el museo regional Trevelin del Molino Andes. El museo fue creado en 1971, posee una importante colección de documentos y objetos representativos de los usos y costumbres de los galeses e indígenas de la región. El mismo funciona en el edificio donde funcionaba el Molino Andes, creado en 1922 y es el que le dio el nombre al pueblo (Pueblo del Molino). Aproveché para comprar algunos libros que venden en el museo.

Al mediodía tras haber picado algo me fui hasta la histórica Escuela N°18 distante a 8 kilómetros del pueblo. Los edificios están muy bien conservados pero ya no funciona como establecimiento educativo. Allí funcionó la primera escuela de la región (1895) y es donde, el 30 de abril de 1902, mediante la celebración de un plebiscito, los habitantes del Valle 16 de octubre decidieron vivir bajo la bandera argentina, sumando a nuestro país esa enorme zona que estaba en disputa con Chile. Ese suceso se conoce como el plebiscito de 1902 y fue decisivo en el proceso que concluyó con la firma de los Pactos de Mayo y el Laudo Arbitral del rey Eduardo VII de Inglaterra en noviembre de ese mismo año.

La escuela está sobre la ruta provincial 34, la que haría un par de jornadas después para llegar a Tecka. Esa ruta se conoce como la “Huella de los Rifleros”.
Los edificios escolares no son los mismos de 1902 pero son una réplica y están muy pero muy bien cuidados. Tiene mucha documentación y fotografías súper interesantes. En los jardines circundantes hay un hito limítrofe y varios trabajos artísticos en cerámica.
La vuelta de la Escuela fue dura ya que soplaba un viento en contra bastante fuerte. Mientras avanzaba vi a un señor que les acercaba unos tachos de agua a tres terribles bestias que pensé eran toros. Los bichos tenían una altura de más de dos metros y unos cuernos impresionantes. Me paré a sacarles fotos y entablé una agradable charla con el dueño de los animalitos. El hombre era un chacarero de apellido Jones y me informó que los animales en realidad eran bueyes y que eran muy mansos. De hecho estaban comiendo los frutos de un manzano silvestre y la verdad es que de verlos comer y tomar agua de sus tachos, les tomas cariño. El los usa para arrastrar alambres por el campo para sacar plantas de rosa mosqueta, para trasladar fardos de alfalfa con un carro en invierno. Parece que son muy inteligentes ya que suelen abrir tranqueras y mantienen un diálogo sin palabras con su amo.
Tras volver al pueblo me dirigí al museo Cartref Taid u “Hogar del Abuelo” en donde te atiende Cleary Evans, nieta de John Daniel Evans, dueño del Malacara, caballo memorable que le salvó la vida en la masacre en que perdieran la vida a manos de los indios sus dos compañeros -cerca de Las Plumas.
La atención es personalizada y la charla que te da Cleary Evans es muy interesante. Ella me había reconocido por haberme visto en la pizzería la noche anterior. En los hermosos jardines del museo está la tumba del Malacara –una gran roca de granito oscuro- la que reza: “Aquí yacen los restos de mi caballo El Malacara que me salvó la vida en el ataque de los indios en el Valle de los Mártires el 4.3.84 al regresarme de la cordillera. RIP. John Daniel Evans”.

Cansado por la vuelta compré unos biscochos en una panadería y me fui a dormir una siesta. A la noche como encontré todo cerrado volví a la pizzería pero esta vez me fui a la barra y sin intermediarios con la cocina me comí una pizza piola.